El gas que nos encadena: artículo de opinión de Josep Nualart, investigador especializado en justicia climática del ODG, junto a Marina Gros (Ecologistas en Acción) e Ismael Morales (Fundación Renovables).
La semana pasada, en la ciudad caribeña de Santa Marta, más de 50 países se sentaron por primera vez en la historia a hablar de algo que las grandes cumbres del clima llevan décadas evitando decir con claridad: cómo salir del petróleo, el gas y el carbón de forma ordenada, justa y definitiva. Mientras los delegados debatían en Colombia, el Estrecho de Ormuz (esa franja de agua por la que transita el 20% del gas y petróleo mundial) estaba al borde del colapso por el enfrentamiento entre Israel, Estados Unidos e Irán. La coincidencia no podía ser más elocuente: en una sala, el mundo intentando imaginar un futuro sin fósiles. Fuera, el presente recordándonos brutalmente por qué es tan urgente lograrlo.
El Estrecho de Ormuz no es sólo geografía, es el cuello de botella de la economía global. Cuando se cierra, o simplemente amenaza con cerrarse, los mercados tiemblan. Tras un ataque con drones a una planta de exportación de gas en Qatar, los precios del gas en Europa subieron cerca de un 50% en cuestión de días. Así de frágil es el sistema en el que vivimos. Así de directa es la línea entre una guerra a miles de kilómetros y la factura que recibes a fin de mes.
El problema de fondo: pagamos todo a precio de gas
Aunque consiguiéramos suficiente gas de todos los rincones del mundo, seguiríamos teniendo un problema estructural: el sistema eléctrico europeo está diseñado para que el precio de toda la electricidad lo fije la energía con el coste marginal más caro que entre para cubrir el consumo en ese momento. Y las horas más caras las fija, sobre todo en picos de demanda diarios, una central de gas.
Esto significa que cuando el gas se dispara, la electricidad se dispara, aunque en ese momento el 80% de la energía que consumes venga de renovables. Es como si el precio del pan lo fijara el ingrediente más caro del mercado, aunque apenas se use. Europa lleva años con esta reforma pendiente y sin atreverse a hacerla. Mientras tanto, millones de familias pagan facturas que no reflejan el coste real de la energía que consumen.